Traducir y Traicionar.
Daniel Enrique Aguilar Aes, PhDc, Med
He terminado el año de internado en un hospital psiquiátrico del área
metro, el cual fue realizado en un año (40 horas a la semana), con 4
compañeros (3 de la UCA y 2 éramos de la PUCPR) dentro de 6 diferentes
rotaciones por las 5 distintas salas del mismo hospital: sala de varones,
sala de medicina adictiva, sala de estabilización en 24 o 48 horas, sala de
agudos y sala de féminas. De manera especial para mí y para mi
compañera de la PUCPR que realizamos el Ph D en Psicología clínica,
nuestra última rotación fue dividida en dos partes mitad del tiempo en la
sala de féminas y la otra mitad en la realización de un proyecto de
investigación en el hospital, específicamente en la creación de un
protocolo siguiendo los estándares dictados por las diferentes agencias
que otorgan ayudas económicas en Estados Unidos.
Amanera de introducción, digo dos palabras sobre mi. Mi preparación fue
en México, mi Licenciatura en Psicología Educativa en un campus de la
Universidad Autónoma de México. He realizado la tesis de licenciatura en
el Centro di Studi sulla Famiglia en la Universidad del Sacro Cuore de
Milán, donde se realizan trabajos dentro de teoría sistémica, obviamente
con un marco de la escuela de Milán. Al llegar a Puerto Rico he realizado una maestría en Counseling and
Guidance en la PUCPR y los créditos doctorales en psicología Clìnica en la
misma Universidad.
Como se puede ver mi preparación educativa no solamente ha sido
lejana al área siquiátrica, sino hasta contraria en no pocos aspectos. Han
sido no pocos los estudios y artículos leídos y preparados sobre la
antipsiquiatrìa y sobre las teorías críticas que ponían y ponen en tela de
juicio todo el engranaje que mueve el modelo médico.
En el ínterin, mientras realizaba los cursos que me hacían falta para el
grado doctoral, impartía cursos de psicología social, psicología general y
teorías de personalidad en la PUCPR.
Llegado el momento de la búsqueda de un centro de internado, inició “el
calvario” por los distintos centros del país. Las opciones no eran muchas
y los hospitales psiquiátricos eran una de ellas. La primera pregunta que
surgió en mí fue, “why not?” Así que, ni tardo ni perezoso, realicé un par
de entrevistas las cuales dieron desastrosos resultados: era
prácticamente imposible desaprender lo que por tantos años me había
costado aprender.
Debo confesar que nunca en mi carrera como estudiante tuve 3/ 10
como calificación (espero que mi madre nunca se entere) pero en una de
las entrevistas ésta fue por primera vez mi calificación.
En la primera entrevista que tuve esta calificación fue causa de orgullo
porque era evidente, por lo menos para mí, que yo no encajaba en el
“modelo” médico. Después de un par de entrevistas así, el orgullo se
volvía vergüenza, ya que varios de mis compañeros candidatos doctorales
habían accesado a lugares de internado y yo era uno de los últimos que
iba a tener centro de internado.
Por fin este centro de internado llegó. Era un centro en el área metro,
como he señalado anteriormente, y ahora había que afrontar, tal vez, el
momento más interesante, el de viajar diario por un año entre Ponce y
San Juan: esto significaba solamente casi $900 de peaje, más de $2300
en gasolina, casi 1044 horas en carro durante un año (tomando en
cuenta que discutía casos con mi compañera de la PUCPR y que el
internado son 2000 horas, es un buen porcentaje que no se contabilizó),
65,250 kilómetros en un año (esto significa en arroz y habichuelas más
de 1 1/2 vueltas a la tierra, ¡¿quién dijo que esta isla era pequeña?!).
Entre otras cosas, el año de internado significó: El aprender un lenguaje
Nombraré algunos de los sucesos más significativos, que se muestran
como factores del proceso de este aprendizaje:
- El discutir caso con los psiquiatras, (contaré una anécdota más
adelante).
- La discusión de casos con los compañeros profesionales.(además
que psiquiatras, terapistas ocupacionales, terapistas recreativos,
trabajadores sociales, enfermeros(as)).
- Las continuas discusiones de casos con los compañeros internos,
tomando en consideración la diferente formación y, por lo tanto los
diferentes puntos de vista epistemológicos.
- Debo destacar, el cuidado con que el Hospital planeo cada tiempo,
cada rotación y sobre todo el interés que fuésemos vistos como
profesionales, como doctorandos en psicología clínica.
- Las relaciones con la administración del Hospital y los servicios que
prestamos en términos profesionales. (debo señalar, en mi caso, la
exposición profesional dentro y fuera del hospital en la creación e
impartición de seminarios, talleres, charlas).
- Por parte del Hospital, la constante planeación y cuidado de
educación continua para nosotros, no solamente en el ámbito
psiquiátrico sino también en el ético legal.
- El espacio de 4 horas a la semana reservado “para nosotros” (los
internos), donde era desde un momento de conceptualización de
casos hasta una rica terapia entre pares. Al final se llegaron a
integrar a residentes psiquiátricos en las últimas discusiones, así
como psiquiatras de la Facultad del Hospital.
- Las reuniones cada mes con la Dra. Pinilla cuidando siempre por
parte de la PUCPR que nuestro internado fuera una experiencia
profesional.
En todo este tiempo me di cuenta que las cosas más interesantes eran no
solamente los diálogos con los compañeros psicólogos (y vaya que me
gusta hablar), sino el interesantísimo mundo de la llamada “salud
mental”. Indiscutiblemente un mundo nuevo se abría ante mis ojos, un
mundo que además de ser una importante empresa e industria, es un
mundo no hecho solamente de engranajes artificiales sino de carne
humana, un mundo en el cual en cada momento te topas con
dimensiones desconocidas como lo son los discursos de los pacientes.
Un mundo donde aprendí a traducir continuamente aquello que quería decir para que algunos me entendieran. Aún recuerdo el comentario, de
un psiquiatra en mi primera semana de rotación, que me dijo: “muy
interesante, pero aquello no lo paga ningún plan médico”. Me pareció evidente que frente a este tipo de comentarios tenía miles de
posibilidades, siendo dos las paradigmáticas en cuanto antagónicas: la
primera, dedicarme a una discusión ad infinitum con los “amos” del
hospital sobre lo que era mi punto de vista, en un acto desesperado de
buscar reconocimiento, también de mis años de estudio; la segundo, un
acatamiento de ordenes y de esta manera claudicar en ideales que creía
(y hasta ahora creo) validos.
En poco tiempo me di cuenta que estas dos posturas antagónicas tenían ante mis ojos un punto en común: me perdía la posibilidad de estar
atento al paciente que tenía en frente, me dedicaba, en el “mejor” de
los casos, a traducir mis palabras y pensamientos a las palabras y
pensamientos que lo institucional podía y/o quería entender.
Sin embargo, intuía que mi labor no podía ser reducida a la de ser mero
traductor. En un momento dado me dediqué a hacer lo que creía, y fue
solamente cuando entré en este proceso que los “amos” del Hospital se dieron cuenta de los resultados de las terapias, de los resultados de la
identificación de “fortalezas” del paciente, de la identificación de lugares
y centros de asistencia después del alta hospitalaria y comenzaron a
tener en cuenta también mi opinión.
Fue este año el redescubrir que continuamente se traduce una visión,
una teoría, una determinada metanarrativa, una singular hipótesis, un
inteligente discursos..., pero que la traición no se realiza a una teoría, ni
a una hipótesis, ni siquiera a un agudo discurso, sino contra una persona,
a una persona que tengo el frente en una sesión.
Quisiera terminar con una frase perdida en la noche, un pequeñísimo
fragmento de los pensamientos del ( en la actualidad por los discursos
“posmo”) desempolvado Pascal, que se me presentaba evidentemente
verdadero, sobre todo en la sala de agudos y crónicos. “Todos los
cuerpos, el firmamento, las estrellas, la tierra y sus reinos, no valen lo
que el menor de los espíritus; porque éste conoce todo eso, y a sí mismo;
y los cuerpos nada...¨ y más adelante señala “ de todos los cuerpos
tomados en su conjunto no se podría sacar un pequeño pensamiento; es
imposible porque es de otro orden”. Algo de esto he rozado como
experiencia profesional y como afirmación personal en este último año de
internado.
Muchas gracias.
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